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La entrevista de Lucia

Evidentemente no pude acompañarla. Me hubiera gustado estar allí pero no creo que el entrevistador hubiera aceptado de buen grado que la candidata hubiera ido acompañada. ¡Menuda imagen!

Una vez terminada la entrevista hicimos lo que tantas veces le comenté necesario: repasar cómo había ido todo; desde su llegada a las instalaciones de la empresa hasta el mismo momento en que salió por la puerta principal.

Estaba aturdida y le resultaba complicado concretar su sensación. Poco a poco fue contando que llegó siete minutos antes de la entrevista y que saludó amablemente a todo aquel que se encontró hasta su llegada a la recepción de la empresa. Se ocupó de sonreír, sentarse adecuadamente y gesticular de forma suave. Por supuesto, móvil fuera.

Cuando la llamaron agradeció a la recepcionista su atención y con tranquilidad y seguridad entró al despacho de quien le iba a realizar la entrevista. Era un señor serio e imponente que apenas la miró cuando entró pero a ella eso no le afectó y recordó la importancia de mantener la mirada (sin incomodar) con el interlocutor, la necesidad de un saludo adaptado a la otra parte y la postura al sentarse.

Entregó la documentación solicitada y de forma clara y concisa (pero sin meterse en muchos berenjenales) respondió honestamente a las preguntas de su interlocutor. También supo hablar con respeto de sus antiguos jefes y concretar los motivos de su salida de la última empresa en la que trabajó.  Habló con entusiasmo de la última formación que había realizado e incluso de las ventajas que podría suponer para la empresa. Todo iba bien, muy bien. Lucía cada vez se sentía más cómoda y su interlocutor cada vez se mostraba más interesado en lo que decía.

Ella sabía que eso era buena señal pero que también implicaba que debía estar muy concentrada para cerrar la entrevista lo mejor posible. Y llegó la pregunta clave: ¿Por qué hemos de contratarla a usted y no al candidato que ha entrado antes? A Lucía se le nublaron los ojos…esa pregunta no estaba entre su repertorio.  Titubeó y seguramente sonrió de forma nerviosa.  Lucía no sabía si centrarse en sus puntos fuertes o inventarse los puntos débiles de su competencia. No sabía qué decir y menos aún cómo decirlo para no parecer arrogante ni insegura ni prepotente ni incapaz ni nada por el estilo. Sólo quería parecer una persona normal: estaba tan bloqueada que no buscaba sobresalir de ninguna manera.

Su interlocutor levantó la cabeza y por fin, después de 10 minutos la miró más de cinco segundo a la cara. Sonrió y le volvió a hacer la misma pregunta de otra forma: “¿Por qué mereces este trabajo?”. Esos escasos minutos le sirvieron a Lucía para coger aire y respondió;

“Merezco este trabajo porque cuento con las capacidades, habilidades, formación y experiencia que ustedes solicitan. Merezco este trabajo porque merezco poder demostrar todo mi potencial y ustedes merecen trabajadores que quieran demostrar todo lo que valen”.

Dos minutos después la entrevista terminó y Lucía se encontró conmigo.

En su repaso mental supo identificar que necesitaba trabajar en su valor añadido para no volverse a bloquear. Salió adelante con su respuesta porque había entrenado mucho y la suerte también llamó a su puerta pero Lucía sabía que si volviese a tener una entrevista debería saber identificar y exponer lo que le hace diferente al resto.

De momento, Lucía ha de centrarse en demostrar todo su potencial.

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